viernes, 2 de marzo de 2012

Jhonatan Luna, el cantante

La historia de un cantante que hizo su escuela 
en las calles de Cali y se graduó en Ecuador.

Jhonatan Luna nació en Cali, el 5 de mayo de 1985. Hace 13 años reside en Ecuador. 
Jhonatan Luna es un parcero que nació hace 26 años en uno de los barrios más peligrosos de Cali, en Marroquín II etapa, donde todas las noches las pandillas se daban bala y mataban al que se les atravesara. Sin embargo, la droga y las armas que veía en cada esquina nunca le interesaron. Lo único que le importó desde que era un peladito fue aprender a cantar.

Empezó por lo más bajo: cantando en los buses urbanos para que le regalaran una moneda. Apenas tenía 12 años, pero ya le tocaba responder por su familia porque su papá no podía trabajar: un accidente lo había dejado inválido.

La buena voz que tenía lo llevó a integrar la orquesta infantil de salsa Azuquita. Jhonatan pensó que se trataba del primer paso para ser cantante profesional. Pero en realidad fue su primer gran fracaso. Resulta que mientras daba un concierto en la tarima del Parque de la Caña, frente a centenares de niños, su voz se apagó lentamente y empezó a convertirse en un llanto desconsolado. Estaba aterrorizado de ver que abajo todos bailaban alegres mientras él ni siquiera sabía cómo moverse en el escenario.

Sus parceros del barrio, que hoy están en el cementerio o encanados, le ayudaron a resolver el problema. No sólo le enseñaron a bailar la salsa al mejor estilo caleño, sino que además le mostraron la música de Héctor Lavoe, Cheo Feliciano e Ismael Rivera, legendarios maestros que dominaban a su antojo el escenario.

A los 15 años, con estos conocimientos, Jhonatan se integró a una nueva agrupación  musical, Los Niches, una orquesta conformada por ex integrantes del Grupo Niche. El trabajo, la mayor parte del tiempo, consistía en brindarles todos los servicios musicales a los cantantes que llegaban a Cali sin sus bandas a dar conciertos. Fue así como Jhonatan tuvo la oportunidad de hacerle los coros, en escenarios multitudinarios, a Maelo Ruíz, Gilberto Santarosa, Tito Nieves, Andy Montañés, Gavino Pampini y Wilfrido Vargas, entre otros. Nunca pidió autógrafos, lo único que sí le rogaba a cada uno de los famosos era que por favor le dieran un consejo para algún día llegar a donde ellos estaban.

Cuando Los Niches no prestaban servicios musicales a los cantantes famosos, se iban a dar conciertos. A mediados del 2001 fueron invitados a presentarse en Portobello, provincia El Oro. Esta visita a Ecuador cambió para siempre la vida de Jhonatan.

Su presentación, tanto por la calidad de su voz como por la manera de moverse en el escenario, dejó fascinados a todos en la pequeña parroquia. Al final del espectáculo,  un hombre se le acercó y le ofreció trabajo. Jhonatan aceptó. Esa noche, Los Niches partieron de regreso a Cali, pero su principal vocalista se quedó para entrar a formar parte de Los Tauros, la pequeña orquesta de Ayapamba, una parroquia cercana.

“Acepté por dos razones”, cuenta, “porque en Los Niches nunca sería un cantante reconocido sino simplemente el integrante de un grupo, y porque vi que en Ecuador nadie cantaba la salsa con el nivel que había en Cali”.

Fue su segundo gran fracaso. A los dos meses de estar en la orquesta le informaron que no podían seguirle pagando. Jhonatan, a pesar de la ayuda que siempre le brindaron los músicos, pasó días difíciles. Vivía en una pequeña habitación de ocho metros cuadrados donde sólo tenía su cama y un pequeño televisor, a veces fiaba en diferentes lugares la comida, otras veces se la regalaban. El poco dinero que obtenía lo ganaba en las fiestas o bares donde cantaba.

Sin embargo, cada vez que sus padres le preguntaban por teléfono que cómo estaba, les respondía que muy bien, que estaba saliendo adelante. No quería preocuparlos ni tampoco que lo presionaran para que regresara a Cali. Jhonatan estaba convencido de que Ecuador era el lugar donde cumpliría sus sueños.

La primera gran puerta que se le abrió fue la del reality ‘Cantando por un sueño’, organizado por un canal nacional. Gracias a su talento quedó como uno de los 10 finalistas entre las más de seis mil personas que se presentaron en todo el país. Luego lo declararon como ganador del concurso porque con cada una de sus presentaciones se robó los más fuertes aplausos y las mayores votaciones. Su sueño empezó a hacerse realidad.

Actualmente, Jhonatan hace parte de Chevera Producciones, una prestigiosa empresa que tiene a cantantes tan importantes como  Fausto Miño, Alberto Plaza, Jorge Villamizar y Sergio Sacoto, y que ha manejado a otros como Juan Fernando Velasco, Tranzas y La Grupa. Fue con esta empresa que Jhonatan sacó su primer cd, cuyo mayor éxito es el disco “Bésame”, banda sonora de la telenovela ‘Fuego en la sangre’.

“Aún sigo trabajando muy duro para seguir más adelante”, dice. “Lo que he alcanzado en la vida se debe a que siempre he tenido muy claro a dónde quiero llegar, pero sin olvidarme jamás de dónde vengo”.

Uno de sus mayores sueños es presentarse algún día en Cali, frente a miles de personas, y dedicarles sus canciones a sus padres y a sus parceros de la infancia.

jueves, 1 de marzo de 2012

Betuneros por vocación






Una crónica sobre un gremio que con honradez y dedicación da ejemplo. Una crónica que escribí sobre los betuneros de Tulcán, Ecuador.



Muchos empezaron a ejercer este oficio desde temprana edad, empujados por las necesidades económicas que padecían en sus hogares, donde el dinero que ganaban sus padres no alcanzaba para cubrir las necesidades básicas.

Bolívar Rosero Arévalo, quien ahora tiene 54 años y es el presidente del Sindicato de Betuneros 13 de Junio, recuerda que a sus siete años, en 1961, salió por primera vez de su casa a trabajar como betunero. Durante toda la mañana recorrió las calles del centro de Tulcán limpiando zapatos a diferentes personas, hasta que al medio día regresó alegre a su casa con el poco dinero que había ganado. “Es una historia que puede parecer lastimera, pero en realidad es una historia de superación, porque el dinero que ganaba era para comprar los cuadernos y seguir estudiando”, dijo.

En aquel tiempo, los betuneros deambulaban por la ciudad con su pequeño cajón de madera, o se ubicaban en el Parque Principal, o madrugaban a las tres de mañana a ganar un puesto en la esquina de las calles Bolívar y Boyacá. Los que más experiencia tenían en el oficio estaban organizando a todos los betuneros de la ciudad para crear una personería jurídica. Era una idea de la que muchas personas se burlaban, porque les parecía inconcebible que las personas que se dedicaban a limpiar zapatos tuvieran aspiraciones tan formales. Sin embargo, había otras personas, como el padre Carlos de la Vega y el abogado Milton González, quienes no sólo creían en la organización del gremio sino que además la respaldaban.

Las personas que lideraban el proyecto de la personería jurídica eran, entre otros, Jorge Salazar, Francisco Salazar, Sixto Fiallo, Clemente Robles y Enrique Ortega, quien prestaba constantemente su casa para realizar las reuniones donde se distribuían las tareas y planificaban cada uno de los pasos legales que debían dar. Luego las reuniones se siguieron realizando en la iglesia del Padre Carlos de la Vega y posteriormente en la casa del abogado Milton González.

Ese mismo año, 1961, los betuneros lograron su primera conquista. Después de superar muchas dificultades consiguieron la personería jurídica. Bautizaron su agrupación como el Sindicato de Betuneros 13 de Junio, una fecha en honor al día de su santo patrono, San Antonio.

Las ayudas
“Antes, la limpiada de zapatos costaba cuatro reales, luego un sucre, después 500 sucres. Con la dolarización quedó a 25 centavos de dólar, y actualmente cuesta 30 centavos”, recuerda Clemente Robles, un hombre de 64 años que trabaja en el Parque Principal y que fue uno de los fundadores del Sindicato.

Pero así como el precio de la limpiada ha subido, las condiciones laborales de los betuneros también han mejorado notoriamente gracias al apoyo de diferentes autoridades. “Julio César Robles Castillo, cuando era alcalde, puso los primeros cimientos de nuestra sede social, luego Hugo Ruiz, como prefecto, la terminó de construir. Marco Urresta, en su alcaldía, nos donó los sillones metálicos, y Wilfredo Lucero, como diputado, nos ayudó con el mausoleo, que tiene 42 bóvedas para mayores y 30 para niños y restos”, comentó Clemente Robles.

Muchas otras entidades y personas, como Mayra de Velasco, Ernesto Flores, Guido Machado y el Banco de Pichincha, han contribuido a la organización de los betuneros. Ahora ellos no deambulan por la ciudad, sino que son parte del ornamento de la misma y prestan un servicio que siempre se ha distinguido por su calidad.

Lo mejor de ellos
Pero los betuneros no sólo se han distinguido en Tulcán por su capacidad organizativa y el servicio que prestan a la comunidad. Del seno de ellos también han salido grandes hombres que a través del deporte han llenado de gloria a la provincia y al país, tal es el caso de José Memín Estrada, boxeador que obtuvo grandes triunfos que llenaron de orgullo a los ecuatorianos.

Sin embargo, hay otro aspecto igual de importante que ellos también le han entregado a la ciudad. Se trata del buen ejemplo de honestidad y dedicación que brindan cada día con su trabajo. Los betuneros nunca se avergüenzan de lo que hacen, no importa que consista en limpiar zapatos, ni que sus manos queden sucias, lo único que realmente vale para ellos es ganarse el pan diario con honestidad.

De hecho, María Sofía Salazar, de 30 años, asegura que no se opondría si alguno de sus hijos quiere seguir sus pasos como betunera. “Le diría que está bien, que este es un trabajo honorable y digno, pero le pediría que siguiera estudiando y se esforzara siempre por salir adelante”.

martes, 28 de febrero de 2012

Historias de los mayores dibujadas por los niños

Esta crónica fue publicada como la presentación del libro "Historias de los mayores dibujadas por los niños". Aquí relato todas las vivencias que se presentaron durante el desarrollo de un proyecto social ejecutado por la UNITA con el apoyo del Ministerio de Cultura de Ecuador.

Después de atravesar el páramo, el bus en que viajábamos por una carretera de segundo orden empezó a descender adentrándose por una selva cada vez más calurosa. Íbamos de nuevo hacia la parroquia de Chical, en el cantón Tulcán, al noroccidente de la provincia de Carchi, justo en la línea que marca el límite fronterizo con el departamento de Nariño, Colombia. Esta vez el propósito de nuestro viaje era avisarle a la comunidad que el proyecto que presentamos ante el Ministerio de Cultura había resultado ganador de los Fondos Concursables 2010.

El presidente de la Junta Parroquial de Chical, Emilio Orbe, quien nos había brindado información para realizar el proyecto, tenía reunida a la población en Quinyul, en el salón comunal donde acostumbran a discutir sus problemáticas. Nosotros, después de presentarnos, les explicamos que en el transcurso de las siguientes semanas estaríamos visitando a los ancianos para pedirles que nos contaran los mitos y leyendas que conocían; luego les pediríamos a los niños de las escuelas que realizaran dibujos sobre esas historias, para por último reunir todo el material en un documento pedagógico que le serviría a los docentes en el aula de clase. La gente nos escuchó con gran atención y en un silencio que no fue ni siquiera interrumpido cuando les preguntamos si tenían alguna inquietud.

Días después, cuando Luis Felipe Vásquez Narváez –nuestro compañero encargado de la recopilación de la información-, empezó a visitar las casas de los ancianos descubrió que ese silencio seguía manteniéndose. Muchos lo despachaban asegurándole que no sabían nada; otros, pese a que siempre lo habían tratado con amabilidad, ahora se negaban a atenderlo. La razón es que ya no lo veían como el visitante que iba a disfrutar del paisaje y a conversar desinteresadamente, sino como alguien ajeno que quería escuchar lo que solo le incumbía a la comunidad.

Sin embargo, la experiencia de más de 20 años de Luis Vásquez en este tipo de trabajos, una experiencia que ha fructificado en tres libros de tradición oral e innumerables documentos sin publicar, le ayudó a encontrar la solución. Prácticamente se fue a vivir a Chical, donde empezó a compartir la cotidianidad de la comunidad sin ningún afán por recopilar la información. Hasta que un día, mientras conversaba con varias personas en una de las bancas del parque principal, se enteró de que le habían puesto el apodo de “Franciscano”, en alusión a sus espesas y largas barbas; entonces supo que ya era parte de la comunidad y podía empezar su trabajo. Ahora, cuando la gente lo veía caminando por las trochas de las montañas, salía corriendo de sus casas a pedirle que por favor visitara a tal anciano que quería contarle grandes historias.

Fueron en total 21 personas, entre ancianos y adultos, quienes abrieron las puertas de sus casas y de sus recuerdos para entregarnos las historias que sus padres o abuelos les habían contado. En cada una de esas historias está presente la mezcla étnica que hace de Chical una parroquia fascinante: lo awá, lo pasto, lo afro y lo mestizo, todo amalgamado con las culturas colombianas y ecuatorianas. Además, también está presente un elemento inesperado que le da sentido a este documento: el constante tono de reclamo de los informantes por la pérdida de sus tradiciones. Ahora bien, pese a estas riquezas, hay que resaltar también un aspecto de suma importancia que estuvo ausente en las historias. Se trata de que ninguna de ellas –a excepción de algunos rasgos de La Moledora- constituye lo que realmente podría considerarse un mito; es decir, la gran mayoría se fundamenta en experiencias personales –casos- o de conocimiento común –leyendas-, pero casi ninguna habla del origen sagrado de la humanidad.

Terminado el proceso de recopilación de la información, tuvimos que afrontar un nuevo reto. ¿Cómo transformar esas historias habladas a un lenguaje escrito sin que perdieran sus riquezas? Peor aún: ¿Cómo lograr esa transformación y, además, que el resultado final fuera absolutamente comprensible para los niños? La respuesta la tenía Edison Duván Avalos Flórez, un integrante de nuestro equipo que se ha dedicado en los últimos años a escribir todas las historias que le han contado sobre la zona fronteriza.

Lo primero que él hizo fue transcribir totalmente, palabra por palabra, las grabaciones magnetofónicas que teníamos de las historias contadas por los informantes. Los textos que resultaron abundaban en repeticiones de palabras, en frases inconclusas y en extensos incisos que eran como laberintos sin salida. Esas características propias del lenguaje oral se habían convertido ahora, al plasmarlas en lenguaje escrito, en graves errores que imposibilitaban totalmente la lectura. Edison Avalos, entonces, empezó un proceso de continuo pulimento, donde se esforzó por mantener el equilibrio entre dos aspectos fundamentales: depurar las historias para que así fueran accesible a los niños, pero al mismo tiempo conservar las estructuras discursivas de cada uno de los informantes.

Luego, con las historias ya listas, nos sentamos a incluirles el componente pedagógico para que los docentes las utilicen al interior del aula. Esto consistió en agregarle a cada una un taller que de acuerdo a la Nueva Reforma Curricular gira alrededor de tres ejes: lo lógico, lo crítico y lo creativo. En lo lógico, el estudiante trabaja la comprensión de lectura a partir del análisis textual. En lo crítico tiene la posibilidad de reflexionar para establecer las relaciones del texto con su contexto. Y en lo creativo estimula sus habilidades y destrezas para la aplicación del conocimiento.

Llegó, entonces, el momento de empacar nuevamente las maletas y salir de Tulcán rumbo a Chical. En el salón auditorio de la escuela, gracias a la colaboración del licenciado Arturo Enríquez, coordinador educativo en la zona, reunimos a más de 50 niños provenientes de todas las comunidades de los alrededores. Ahí, con la ayuda de los docentes, les leímos las historias y luego les pedimos que las representaran en uno o varios dibujos. Ellos sonreían y lanzaban exclamaciones de alegría mientras pintaban porque sabían que esas historias las habían contado sus abuelos o vecinos. Por último, les presentamos varios formatos y les pedimos que escogieran el tipo de letra, los colores, los contornos y demás detalles del diseño que lleva este documento.

Extasiados por ese derroche de alegría de los niños, regresamos a Tulcán únicamente a entregarle al diseñador todo el material que durante los últimos meses habíamos conseguido: las historias, los talleres pedagógicos, los dibujos, las indicaciones sobre el diseño y las fotos que a lo largo del trabajo habíamos tomado. Ahora solo faltaba regresar a Chical para devolverle a la comunidad, sistematizado y organizado en un documento, toda la información que nos había entregado por medio de sus ancianos y niños. Sin embargo, era necesario asegurarnos de que el fruto final de nuestros esfuerzos iba a ser aprovechado de la mejor manera por los docentes. Para ello, organizamos una capacitación que fue dictada por el doctor Luis Alfonso López, el coordinador del proyecto, un filósofo que desde la pedagogía se ha empeñado en transformar la mentalidad de nuestra sociedad.

El doctor Luis López, entre otras cosas, les explicó a los docentes de la zona que la importancia de este trabajo radica en que le garantiza a la comunidad la perdurabilidad de historias que muy probablemente estaban destinadas a desaparecer con la muerte de los informantes. Ahora, ellos no se llevarán a la tumba ese cúmulo de saberes y valores que encierran sus palabras, ni se perderá el valor histórico de sus relatos ni la profunda construcción social que ejercen sus enseñanzas. No, nada de eso se perderá como lamentablemente ha sucedido con generaciones pasadas, porque todo está aquí plasmado para el uso y conocimiento de las nuevas y futuras generaciones.

No obstante, en lo que más les insistió el doctor Luis López a los docentes fue en que la verdadera esencia, lo que debe provocar de trasfondo este documento, es que los docentes lo conviertan en una herramienta para que las nuevas generaciones valoren su entorno. Si eso sucede, es decir, si los docentes a través de este documento logran que los niños y jóvenes empiecen a amar las historias de sus abuelos, el paisaje que les rodea, el pueblo en que viven y la familia que tienen, entonces a nivel social se habrá dado un paso importantísimo para vencer la baja autoestima. Esto significaría que la comunidad ya no sería presa de ningún tipo de manipulación y empezaría a construir ella misma su futuro desde el seno de su historia para mostrarse altiva al mundo. Esto significaría, en otras palabras, que se han empezado a vencer las taras de la ignorancia.

Después de las capacitaciones que el doctor Luis López le dio a los docentes, procedimos a entregar algunas copias de este documento a la Junta Parroquial de Chical, a las escuelas de las comunidades y a las bibliotecas de la zona. Hoy, finalizadas todas nuestras responsabilidades y con la sensación del deber cumplido, solo esperamos que la próxima vez que volvamos a visitar Chical podamos observar en una banca del parque principal a un anciano hojeando el documento y rodeado de niños: ellos sonriendo felices al ver los dibujos que han realizado y él orgulloso por la historia que contó.