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lunes, 3 de septiembre de 2012

Los pasos fronterizos entre Colombia y Ecuador

Paso fronterizo entre Urbina, Ecuador, e Ipiales, Colombia.
¿Qué significa vivir en la línea de la frontera? La hermandad, el contrabando, los temores y las fiestas de algunos pueblos ubicados en la línea fronteriza.



René Noguera, presidente de la Junta Parroquial de El Carmelo, recuerda que hace veinte años llegaron a su población funcionarios de las cancillerías de Ecuador y Colombia para solucionar algunos problemas fronterizos. La primera idea que se les ocurrió fue dinamitar la carretera que comunica a esta población ecuatoriana con La Victoria, en el departamento de Nariño, para así evitar el contrabando de mercancías. “Todos nos opusimos”, cuenta Noguera, “les explicamos que eso era como si nosotros fuéramos a las oficinas de ellos en Quito o Bogotá y les cortáramos las manos para que dejaran de robar”. 

Desde aquella época, otros líderes políticos y autoridades aduaneras han propuesto bloquear esta carretera de siete kilómetros sin pavimentar, pero sus habitantes siempre les han contestado que eso significaría matarlos. Porque por ahí, todos los fines de semana, ellos transportan de un país a otro los productos que cosechan para venderlos en las pequeñas ferias de mercado. También, entre semana, por ahí van a visitar a los hijos que se enamoraron y se fueron a vivir al otro lado donde sus parejas. Y en las temporadas de fiestas, la utilizan para llevar a donde sus vecinos fronterizos las carrosas, las comparsas, las obras de teatro, los grupos de danzas, las imágenes religiosas y los equipos de fútbol con que participan y materializan lo que ellos denominan “la integración cultural”. 

Una situación similar se vive entre la parroquia ecuatoriana de Tufiño y la vereda colombiana de Chiles. Pero la carretera que une a estas dos poblaciones sirve, además, para que todos los días a las siete de la mañana más de cien campesinos colombianos crucen la frontera y vayan a trabajar a territorio ecuatoriano. “Es que en Colombia”, explica Florentino Chenás, ex dirigente del resguardo indígena de Chiles, “no tenemos trabajo; en Ecuador sí hay y pagan mejor que aquí”. Al otro lado de la frontera, Rosa Pozo, secretaria de la Tenencia Política de Tufiño, añade otra razón: “en Ecuador preferimos al trabajador colombiano porque es sacrificado, mientras que nuestra gente de aquí no necesita esforzarse: se gana la vida solo con ordeñar sus vaquitas”. 

Paso fronterizo entre El Carmelo, Ecuador, y
la Victoria, Colombia.
Por esta carretera, además de los campesinos trabajadores, también transitan cada día más de ochenta niños colombianos que estudian en territorio ecuatoriano, en la institución pública Luis Gabriel Tufiño, que tiene en total 140 alumnos. Ahí no solo les ofrecen una educación totalmente gratuita sino que también les dan sin ningún costo el desayuno, los útiles escolares y los uniformes. “Estos niños”, dice con indignación el gestor cultural Jaime Coral, “aprenden todo sobre Ecuador, nada de su país, lo que les crea un desarraigo cultural, el malestar de sentirse abandonados por su propia patria”. 

Ese abandono es más notorio aún en las poblaciones del Pacífico nariñense. Por ejemplo, en San Juan, Tallambí y Numbi, por mencionar solo algunas veredas, no hay ni siquiera vías de acceso; los pobladores, en su mayoría indígenas awás y afros, deben movilizarse durante días por trochas para llegar a alguna carretera. En cambio, al frente de cada una de estas poblaciones, en el territorio ecuatoriano, no solo existen carreteras y todos los servicios básicos, sino que además hay una aceptable infraestructura turística que les permite a sus habitantes obtener ingresos. “Los del lado colombiano estamos jodidos, lo poco que cosechamos tenimos que sacarlo es por Ecuador, acá no tenimos nada,” dice el indígena Segundo Güiz mientras camina los diez minutos que separan a su vereda, Tallambí, de la parroquia ecuatoriana de Chical, llevando al hombro dos sacos repletos de lulos. 

Emilio Paspuel también cruza la frontera todos los días, pero lo hace por una de las tantas trochas que comunica al municipio colombiano de Ipiales con el cantón ecuatoriano de Tulcán, las dos principales ciudades de la frontera. Su viaje consiste en llevar su yegua, llamada Bondad, hasta una casa en las afueras de Tulcán, donde la carga con dos cilindros de gas (diez mil pesos) que luego lleva a revender en las afueras de Ipiales (treinta mil pesos) para ganarse así el pan de cada día (veinte mil pesos). “A veces escasea el gas”, cuenta Paspuel, “entonces toca echarle otra carga a la Bondad: azúcar, arroz, jabón, lo que sea sirve porque en Ecuador todo es más barato que en Colombia”. 

Paso fronterizo conocido como Cuatro
Esquinas, entre Tulcán, Ecuador, e
Ipiales, Colombia. 
Luis Rosero Bilbao lleva más de 28 años viendo pasar todos los días por estas trochas a Emilio Paspuel y a otros centenares de contrabandistas. Él ha trabajado todos esos años como operario de la planta La Playa, que surte de energía eléctrica a Tulcán y queda ubicada sobre la línea fronteriza, en un sector conocido como Cuatro Esquinas. “Es impresionante la cantidad de gas que se llevan”, dice, “yo no estoy de acuerdo porque el subsidio que tiene ese combustible lo pagamos los ecuatorianos, y debe ser para nosotros, no para los colombianos”. 

Es por esa razón que las autoridades aduaneras de Ecuador han bloqueado con enormes zanjas algunos caminos que en este sector comunican la frontera. “Lamentablemente los contrabandistas son tan audaces que, en algunos casos valiéndose de las autoridades autóctonas, desbloquean o abren nuevos caminos, aduciendo que es un paso para el sostenimiento alimenticio”, dice Ramiro Urresta, director del Servicio Nacional de Aduanas del Ecuador, distrito Tulcán. El teniente Eder Siachoque, de la Policía Fiscal y Aduanera de Colombia, en Ipiales, también considera que estos bloqueos “ayudan mucho para acabar con esa cultura del contrabando que existe por ahí”. 

Por el contrario, Jaime Coral se opone rotundamente a estos bloqueos, ya que, asegura, son ordenados desde Quito o Bogotá sin tener en cuenta la realidad histórica de la frontera. “Nuestros pueblos”, explica, “desde la época en que éramos una sola nación conocida como Los Pastos, han transitado libremente por estos caminos trayendo y llevando mercancía, sin que nunca se les tachara de contrabandistas”. De hecho, a pesar de las restricciones que existen en esta zona de frontera entre Ipiales y Tulcán, los habitantes de ambos países, al igual que sucede entre las poblaciones de La Victoria y El Carmelo o de Chiles y Tufiño, poseen un espacio de “integración cultural” donde los caminos se tornan fundamentales. Se trata de una fiesta conocida como el Carnaval, que es organizada cada 28 de diciembre por los del lado colombiano y antes del miércoles de ceniza por los del lado ecuatoriano, pero que consiste en que los habitantes de ambos lados se reúnen a orillas del río Carchi, que marca la frontera en este sitio, para echarse agua mientras escuchan algunas orquestas y disfrutan de las comidas típicas. 
Paso fronterizo entre Tufiño, Ecuador, y
Chiles, Colombia.

Para todas las personas que habitan a las orillas de la frontera colombo ecuatoriana, las trochas y las carreteras que unen a ambos países, más allá de ser pasos por donde circula el contrabando, son un vínculo que permite el desarrollo económico, social y cultural. “Las autoridades de ambos países”, dice René Noguera, “deberían dejar de pensar en destruir estos caminos y más bien deberían ponerse a abrir nuevos caminos o asfaltar los que ya están hechos, porque entre las personas que vivimos a uno y otro lado de la frontera no hay diferencias: somos los mismos hijitos de Dios”.

Este texto fue publicado en El Espectador. 





El lugar más violento de Ecuador

Pedro Yela, habitante de Chical, en su orquideario.
Una crónica sobre un viaje fantástico a un paraíso rodeado de temores infundados. Historia de la visita a un infierno que en realidad era el cielo. 


martes, 24 de julio de 2012

El lugar más violento de Ecuador

Niños que descansan en la población de Chical.
Historia de un viaje realizado al noroccidente de Carchi, a las poblaciones de Maldonado y Chical. Crónica de un miedo infundado.





Arrancamos hacia Maldonado con la impresión de que llegaríamos a uno de los sitios de la frontera ecuatoriana cuyos habitantes viven en la pobreza y atemorizados por el conflicto armado que azota a Colombia, pero vaya sorpresa que nos llevamos cuando descubrimos que esta parroquia del cantón Tulcán es un paraíso que esconde enormes riquezas naturales, con una aceptable infraestructura turística y un ambiente de paz que difícilmente se encuentra en otras ciudades del país.

Un retén de llamas
La primera sorpresa la experimentamos después de pasar por Tufiño, una pequeña población ubicada a media hora de Tulcán. El vehículo marchaba por un camino de segundo orden en cuyos costados se extiende un inmenso páramo repleto de frailejones. De repente, el conductor pisó el freno con todas sus fuerzas y las llantas se rastrillaron sobre el suelo hasta quedar completamente detenidas. “¿Qué pasó? Un retén de la guerrilla”, gritó Albert Heissman, un estadounidense que trabaja como fotógrafo para la revista National Geographic. Este hombre de c
abello rubio y cachetes colorados había viajado desde Nueva York hasta la provincia de Carchi con la misión de captar con su cámara varias flores silvestres que en la única parte del mundo donde se encuentran es en Maldonado. Sin embargo, era evidente que en su interior llevaba la esperanza de encontrar guerrilleros para tomarles fotos y publicarlas en algún diario de su país, lo que no sólo le permitiría ganar dinero extra sino también alcanzar el prestigio que se le otorga a quien tiene el valor de meterse dentro de la guerra. Pero sus esperanzas empezaron a desvanecerse cuando observó que el jeep en que viajábamos no se detuvo abruptamente por un retén de guerrilleros, sino por un rebaño de llamas que en ese momento atravesaba la carretera. 


Nuestra guía, Sandra Rosero, una joven periodista tulcaneña que ha recorrido gran parte de su provincia en busca de todo tipo de noticias, nos contó que estos animales eran “insertados”, es decir, fueron traídos desde Bolivia, pero gracias a las condiciones climáticas del páramo se adaptaron y se reprodujeron convirtiéndose en un atractivo turístico. El conductor del jeep, un hombre de avanzada edad cuyo rostro reflejaba fuertes rasgos indígenas, nos contó que los animales “autóctonos” de la zona eran los venados, los conejos, el cóndor, las águilas y los toros salvajes. Minutos después de reanudar el viaje empezamos a comprobar las palabras del viejo. Uno a uno fueron apareciendo en los costados de la carretera, entre los frailejones, los animales que él mencionó. 

Planta que muestra la belleza de la flora en Chical.
Yo, que sólo había observado estas imágenes en la televisión y en la revista para la cual trabaja Albert, me encontraba fascinado. Sin embargo, lo mejor estaba por venir. Se trataba de las Lagunas Verdes, tres grandes pozos naturales de agua que reflejan un color esmeralda y emanan un fuerte olor a Azufre. Sandra nos explicó que estas características se deben a la cercanía del volcán Chiles, una inmensa montaña de hielo y piedra seca que es escalada por aventureros extremos. El conductor, entonces, detuvo el vehículo para que Albert tomara fotos. Entre tanto, nos relató a Sandra y a mí las penurias que padeció en sus años juveniles, cuando trabajó como esclavo en algunas de las minas de azufre que fueron explotadas por varias empresas extranjeras en las faldas del volcán. 

Seguimos nuestro camino en medio de un frío atroz que se fue desvaneciendo a medida que empezamos a salir del páramo. Después de tres horas de viaje llegamos a nuestro destino. 

Los engulle vivos 
Maldonado es una pequeña parroquia que cuenta con los servicios básicos como el alcantarillado, el agua potable y el adoquinado, pero sólo existe un teléfono y no hay señal de televisión ni de emisoras de radio. Sin embargo, un grupo de treinta personas tienen conectados sus televisores a una antena parabólica que les permite observar canales de Colombia, un país que se ubica al otro lado del río que bordea la parroquia. 

Sandra le indicó al conductor por dónde debía cruzar para llegar a la casa de Pedro Yela, un hombre que nos recibió con una amplia sonrisa en su rostro y un fuerte apretón de manos. Era el líder de la región. Nos invitó a pasar a la sala de su casa. Ahí, en una vitrina, tiene una numerosa colección de piedras que ha recogido a lo largo de cuarenta años. Algunas tienen formas de hachas, otras de cuchillo, y la mayoría de vasijas. Fueron instrumentos rudimentarios utilizados por los indígenas que en tiempos prehistóricos habitaron la zona. Luego, Pedro nos llevó al patio de su casa, donde tiene un pequeño jardín botánico que cuenta con la presencia aterradora de una boa. Sí, en una pequeña jaula descansa enroscada la enorme serpiente, a la que cada mes le arrojan un cuy o un pollo para que lo engulla vivo. “La agarré en el monte, cuando yo estaba construyendo el orquideario”, dijo Pedro. 

Al fondo de estas plantas, las fuertes corrientes
del río que pasa por Chical. 
Albert, que no cesaba de tomarle fotos a la boa, despegó la cámara de su ojo apenas escuchó la palabra “orquideario”. Era el lugar donde Sandra le había indicado que podía encontrar las flores que vino a buscar desde Nueva York. “Vamos de inmediato”, dijo el estadounidense. Pero Pedro, con su tono de líder, indicó que primero nos daríamos un baño en el río y en las piscinas naturales que se ubican en las afueras de Maldonado. El lugar, además de acogedor, resultó ser muy apropiado para refrescarse del calor que empezaba a sofocarnos. 

Un jardín prehistórico 
Después del descanso, abordamos nuevamente el jeep y nos dirigimos al orquideario, a donde llegamos en menos de quince minutos. Pedro nos mostró una cabaña de madera que construyó con sus propias manos hace muchos años. “Era una época en que yo soñaba con convertir a Maldonado en un gran centro de turismo ecológico. Pero la idea no funcionó porque nadie viene por acá. Síganme, les muestro lo mejor”, dijo mientras salía de la cabaña y se adentraba por una trocha. De repente, llegamos a un espeso bosque lleno de árboles frutales, flores gigantes, palmeras ancestrales, arbustos coloridos, helechos milenarios, extrañas aves, insectos antropomórficos y enormes colonias de hormigas. Era un jardín prehistórico. Era el orquideario. 

Pedro nos mostró cada una de las orquídeas que tiene cultivadas, algunas se encuentran ocultas en medio de las grietas de las palmeras ancestrales, otras se camuflan en la frondosidad de los arbustos coloridos y muchas se esconden tras las ramas de los árboles frutales. Todos estábamos maravillados. Albert no paraba de tomar fotografías. Sandra anotaba algunos datos para su próximo reportaje. Yo simplemente disfrutaba. 

Al finalizar la tarde abandonamos el orquideario. En el trayecto de regreso hacia Maldonado le pregunté a Pedro porqué fracasó su proyecto de convertir esta región en una potencia eco turística si por todas partes se observaban impresionantes riquezas naturales, además habían varios hoteles y sitios atractivos para el entretenimiento de los visitantes. La respuesta de Pedro me dejó desconcertado. “Por ustedes, los periodistas. Porque se han encargado de hacerle creer a la gente del interior de país que aquí en Maldonado está la guerrilla y se presentan combates, secuestros y todas esas cosas de la guerra que hay en Colombia. Pero ya ve, este es un pueblo tranquilo donde no pasa nada y vivimos en completa paz”, me dijo mientras bajaba del jeep para quedarse en su casa. 

Nosotros seguimos el camino de regreso hacia Tulcán. Al ingresar al páramo, el conductor disminuyó la velocidad para no atropellar las llamas o venados que se atraviesan en la carretera. “Los animales son el alma del mundo”, dijo el anciano en voz alta sin que nadie le prestara atención. Albert dormía profundamente, en su rostro se notaba la satisfacción por las fotos que logró, pero también se veía la frustración de no haber encontrado las terribles imágenes que aspiraba captar con su cámara. Sandra estaba pérdida contemplando las inmensas llanuras de frailejones que se extienden a ambos lados de la carretera. Yo pensaba de qué manera podía convencer a alguien de que visitara Maldonado, para que disfrutara de esos lugares tan violentos que yo tuve la oportunidad de conocer.



miércoles, 18 de julio de 2012

El pueblo que construyó su propio santo

Una crónica que muestra las curiosidades del fervor religioso de Saguarán, un poblado cercano a Ipiales, Nariño.

Hace treinta años, un niño que sufría de retraso mental encontró en el monte un madero de veinte centímetros que originó el problema más grande en la historia de Saguarán, población ubicada entre Ipiales y Las Lajas. 

El niño, como todas las mañanas, salió a recoger leña mientras su madre y otras empleadas encendían el fogón para preparar el desayuno de la familia Dolores Díaz. Al regresar, le mostró a su madre, con una emoción primitiva, el pequeño madero que acababa de encontrar en el monte. Era una cruz en la cual los caprichos de la naturaleza habían tallado con precisión la imagen de Jesús crucificado. 

Al día siguiente, centenares de personas de Saguarán invadieron la casa de la familia Dolores Díaz. Todos rezaron y agradecieron con lágrimas la llegada del milagro que tanto esperaban. Ya no tendrían que caminar más hasta Ipiales ni hasta Las Lajas para adorar santos ajenos. Ahora, por fin, tenían uno propio. 

Diariamente, la multitud siguió visitando la casa de la familia Dolores Díaz, para cantar alabanzas y rezar rosarios frente al pequeño madero que por decisión unánime llamaron El Señor de la buena muerte. Sin embargo, pronto se presentó un problema. La familia se cansó de ver su casa convertida en una iglesia donde ya no solamente llegaban campesinos a pedir buenas cosechas, sino también ciegos a suplicar por la luz, enfermos a implorar piedad y hasta mendigos a rogar por una caridad. Un día cerraron la puerta y no permitieron que nadie más volviera a entrar. Los pobladores de Saguarán entonces propusieron que les entregaran el pequeño madero para levantarle un altar público. Pero la familia Dolores Díaz se negó. 

Señor de la Buena Muerte. Foto
tomada de:  http://guanando.blogspot.com 
El señor de la buena muerte tenía poderes milagrosos. Le había devuelto el entendimiento al niño retrasado que lo encontró, y las cosechas de la familia Dolores Díaz prosperaban con una abundancia nunca antes vista. Así que no estaban dispuestos a entregar el pequeño madero. Pero los pobladores de Saguarán tampoco estaban dispuestos a perderlo. 

Una noche se armaron con machetes y azadones, y caminaron enfurecidos hasta la casa de la familia Dolores Díaz. La policía intervino para evitar la tragedia. El sacerdote Humberto Ortega le explicó a las autoridades que el pequeño madero, como un regalo de Dios, debía estar en manos del pueblo. Pero la familia mostró un documento original, sellado ante un notario, en el que legalmente figuraban como dueños absolutos y únicos herederos del pequeño madero de veinte centímetros. 

No había nada qué hacer. Sin embargo, el sacerdote animó a los pobladores de Saguarán. Les dijo que conocía a un hombre cuyas manos tenían el poder divino de tallar santos más milagrosos que ese tal Señor de la buena muerte. Se trataba del ecuatoriano Gonzalo Montesdeoca, quien residía en San Antonio de Ibarra. Era un hombre viejo que había tallado decenas de santos para la mayoría de iglesias de la frontera colombiana. Su fama era tan inmensa como los milagros obrados por sus imágenes. 

Seis meses después, los pobladores de Saguarán, por medio de rifas y aportes voluntarios, reunieron doce mil pesos para mandar a tallar un Señor de los azotes, eso sí, de tamaño natural y que incluyera la mesa de castigo y los tres verdugos romanos. El sacerdote viajó hasta San Antonio de Ibarra para encargarle a Montesdeoca la descomunal imagen. Pero el dinero no alcanzó. Entonces tomó una decisión estratégica. Le dijo a Montesdeoca que tallara la imagen del Señor en la columna, la única escena de la Pasión de Cristo que no aparecía en las procesiones de Semana Santa, porque ninguna iglesia de la frontera colombiana la tenía. A su regreso, el sacerdote le explicó a los pobladores de Saguarán que el Señor en la columna tenía la ventaja de que era una imagen inédita y, además, liviana, nada que ver con el pesado Señor de los azotes. 

La expectativa creció tanto que muchos pobladores de Saguarán no se aguantaron las ganas y, cuatro meses después, acompañaron al sacerdote hasta San Antonio de Ibarra para reclamar el santo. Aquellos que aún viven recuerdan que fue un momento de gloria. Montesdeoca tenía ubicada la imagen en la mitad de su taller, sobre varios bloques de cedro maduro. La había cubierto desde la cabeza hasta los pies con una sábana blanca para evitar que el polvo y el aserrín la ensuciaran. El sacerdote, entonces, se acercó y de un solo tirón quitó la sábana. Todos quedaron petrificados. “El santo estaba vivo”, recordó Jorge Guillermo Revelo, de 72 años. 

No era la primera vez que sucedía. Los habitantes de Yacual, otra población fronteriza, también quedaron aterrados con el San Sebastián de Linares que les talló Montesdeoca, tanto así que lo declararon santo oficial y cada año le realizan sus fiestas patronales. 

Señor en la columna.
Los pobladores de Saguarán hicieron lo mismo. Llevaron al Señor en la columna hasta la Catedral de Ipiales donde lo dejaron por quince días para que todos lo contemplaran. Luego, el 2 de abril de 1979, en una procesión nocturna, alumbrada por centenares de cirios, lo trasladaron hasta Saguarán. Ahí, cada familia se turnó para tenerlo en su casa varios meses, pero bajo el compromiso de que nunca fueran a adueñarse del santo, como lo hizo la familia Dolores Díaz con aquel pedazo de madera. 

Cuatro años después, en 1983, terminaron de construir la iglesia e instalaron en el centro del altar al Señor en la columna. Fue el día más feliz en la historia de Saguarán. No sólo consiguieron el milagro de tener su propio santo, sino que ahora además contaban con su propia iglesia. 

martes, 28 de febrero de 2012

Historias de los mayores dibujadas por los niños

Esta crónica fue publicada como la presentación del libro "Historias de los mayores dibujadas por los niños". Aquí relato todas las vivencias que se presentaron durante el desarrollo de un proyecto social ejecutado por la UNITA con el apoyo del Ministerio de Cultura de Ecuador.

Después de atravesar el páramo, el bus en que viajábamos por una carretera de segundo orden empezó a descender adentrándose por una selva cada vez más calurosa. Íbamos de nuevo hacia la parroquia de Chical, en el cantón Tulcán, al noroccidente de la provincia de Carchi, justo en la línea que marca el límite fronterizo con el departamento de Nariño, Colombia. Esta vez el propósito de nuestro viaje era avisarle a la comunidad que el proyecto que presentamos ante el Ministerio de Cultura había resultado ganador de los Fondos Concursables 2010.

El presidente de la Junta Parroquial de Chical, Emilio Orbe, quien nos había brindado información para realizar el proyecto, tenía reunida a la población en Quinyul, en el salón comunal donde acostumbran a discutir sus problemáticas. Nosotros, después de presentarnos, les explicamos que en el transcurso de las siguientes semanas estaríamos visitando a los ancianos para pedirles que nos contaran los mitos y leyendas que conocían; luego les pediríamos a los niños de las escuelas que realizaran dibujos sobre esas historias, para por último reunir todo el material en un documento pedagógico que le serviría a los docentes en el aula de clase. La gente nos escuchó con gran atención y en un silencio que no fue ni siquiera interrumpido cuando les preguntamos si tenían alguna inquietud.

Días después, cuando Luis Felipe Vásquez Narváez –nuestro compañero encargado de la recopilación de la información-, empezó a visitar las casas de los ancianos descubrió que ese silencio seguía manteniéndose. Muchos lo despachaban asegurándole que no sabían nada; otros, pese a que siempre lo habían tratado con amabilidad, ahora se negaban a atenderlo. La razón es que ya no lo veían como el visitante que iba a disfrutar del paisaje y a conversar desinteresadamente, sino como alguien ajeno que quería escuchar lo que solo le incumbía a la comunidad.

Sin embargo, la experiencia de más de 20 años de Luis Vásquez en este tipo de trabajos, una experiencia que ha fructificado en tres libros de tradición oral e innumerables documentos sin publicar, le ayudó a encontrar la solución. Prácticamente se fue a vivir a Chical, donde empezó a compartir la cotidianidad de la comunidad sin ningún afán por recopilar la información. Hasta que un día, mientras conversaba con varias personas en una de las bancas del parque principal, se enteró de que le habían puesto el apodo de “Franciscano”, en alusión a sus espesas y largas barbas; entonces supo que ya era parte de la comunidad y podía empezar su trabajo. Ahora, cuando la gente lo veía caminando por las trochas de las montañas, salía corriendo de sus casas a pedirle que por favor visitara a tal anciano que quería contarle grandes historias.

Fueron en total 21 personas, entre ancianos y adultos, quienes abrieron las puertas de sus casas y de sus recuerdos para entregarnos las historias que sus padres o abuelos les habían contado. En cada una de esas historias está presente la mezcla étnica que hace de Chical una parroquia fascinante: lo awá, lo pasto, lo afro y lo mestizo, todo amalgamado con las culturas colombianas y ecuatorianas. Además, también está presente un elemento inesperado que le da sentido a este documento: el constante tono de reclamo de los informantes por la pérdida de sus tradiciones. Ahora bien, pese a estas riquezas, hay que resaltar también un aspecto de suma importancia que estuvo ausente en las historias. Se trata de que ninguna de ellas –a excepción de algunos rasgos de La Moledora- constituye lo que realmente podría considerarse un mito; es decir, la gran mayoría se fundamenta en experiencias personales –casos- o de conocimiento común –leyendas-, pero casi ninguna habla del origen sagrado de la humanidad.

Terminado el proceso de recopilación de la información, tuvimos que afrontar un nuevo reto. ¿Cómo transformar esas historias habladas a un lenguaje escrito sin que perdieran sus riquezas? Peor aún: ¿Cómo lograr esa transformación y, además, que el resultado final fuera absolutamente comprensible para los niños? La respuesta la tenía Edison Duván Avalos Flórez, un integrante de nuestro equipo que se ha dedicado en los últimos años a escribir todas las historias que le han contado sobre la zona fronteriza.

Lo primero que él hizo fue transcribir totalmente, palabra por palabra, las grabaciones magnetofónicas que teníamos de las historias contadas por los informantes. Los textos que resultaron abundaban en repeticiones de palabras, en frases inconclusas y en extensos incisos que eran como laberintos sin salida. Esas características propias del lenguaje oral se habían convertido ahora, al plasmarlas en lenguaje escrito, en graves errores que imposibilitaban totalmente la lectura. Edison Avalos, entonces, empezó un proceso de continuo pulimento, donde se esforzó por mantener el equilibrio entre dos aspectos fundamentales: depurar las historias para que así fueran accesible a los niños, pero al mismo tiempo conservar las estructuras discursivas de cada uno de los informantes.

Luego, con las historias ya listas, nos sentamos a incluirles el componente pedagógico para que los docentes las utilicen al interior del aula. Esto consistió en agregarle a cada una un taller que de acuerdo a la Nueva Reforma Curricular gira alrededor de tres ejes: lo lógico, lo crítico y lo creativo. En lo lógico, el estudiante trabaja la comprensión de lectura a partir del análisis textual. En lo crítico tiene la posibilidad de reflexionar para establecer las relaciones del texto con su contexto. Y en lo creativo estimula sus habilidades y destrezas para la aplicación del conocimiento.

Llegó, entonces, el momento de empacar nuevamente las maletas y salir de Tulcán rumbo a Chical. En el salón auditorio de la escuela, gracias a la colaboración del licenciado Arturo Enríquez, coordinador educativo en la zona, reunimos a más de 50 niños provenientes de todas las comunidades de los alrededores. Ahí, con la ayuda de los docentes, les leímos las historias y luego les pedimos que las representaran en uno o varios dibujos. Ellos sonreían y lanzaban exclamaciones de alegría mientras pintaban porque sabían que esas historias las habían contado sus abuelos o vecinos. Por último, les presentamos varios formatos y les pedimos que escogieran el tipo de letra, los colores, los contornos y demás detalles del diseño que lleva este documento.

Extasiados por ese derroche de alegría de los niños, regresamos a Tulcán únicamente a entregarle al diseñador todo el material que durante los últimos meses habíamos conseguido: las historias, los talleres pedagógicos, los dibujos, las indicaciones sobre el diseño y las fotos que a lo largo del trabajo habíamos tomado. Ahora solo faltaba regresar a Chical para devolverle a la comunidad, sistematizado y organizado en un documento, toda la información que nos había entregado por medio de sus ancianos y niños. Sin embargo, era necesario asegurarnos de que el fruto final de nuestros esfuerzos iba a ser aprovechado de la mejor manera por los docentes. Para ello, organizamos una capacitación que fue dictada por el doctor Luis Alfonso López, el coordinador del proyecto, un filósofo que desde la pedagogía se ha empeñado en transformar la mentalidad de nuestra sociedad.

El doctor Luis López, entre otras cosas, les explicó a los docentes de la zona que la importancia de este trabajo radica en que le garantiza a la comunidad la perdurabilidad de historias que muy probablemente estaban destinadas a desaparecer con la muerte de los informantes. Ahora, ellos no se llevarán a la tumba ese cúmulo de saberes y valores que encierran sus palabras, ni se perderá el valor histórico de sus relatos ni la profunda construcción social que ejercen sus enseñanzas. No, nada de eso se perderá como lamentablemente ha sucedido con generaciones pasadas, porque todo está aquí plasmado para el uso y conocimiento de las nuevas y futuras generaciones.

No obstante, en lo que más les insistió el doctor Luis López a los docentes fue en que la verdadera esencia, lo que debe provocar de trasfondo este documento, es que los docentes lo conviertan en una herramienta para que las nuevas generaciones valoren su entorno. Si eso sucede, es decir, si los docentes a través de este documento logran que los niños y jóvenes empiecen a amar las historias de sus abuelos, el paisaje que les rodea, el pueblo en que viven y la familia que tienen, entonces a nivel social se habrá dado un paso importantísimo para vencer la baja autoestima. Esto significaría que la comunidad ya no sería presa de ningún tipo de manipulación y empezaría a construir ella misma su futuro desde el seno de su historia para mostrarse altiva al mundo. Esto significaría, en otras palabras, que se han empezado a vencer las taras de la ignorancia.

Después de las capacitaciones que el doctor Luis López le dio a los docentes, procedimos a entregar algunas copias de este documento a la Junta Parroquial de Chical, a las escuelas de las comunidades y a las bibliotecas de la zona. Hoy, finalizadas todas nuestras responsabilidades y con la sensación del deber cumplido, solo esperamos que la próxima vez que volvamos a visitar Chical podamos observar en una banca del parque principal a un anciano hojeando el documento y rodeado de niños: ellos sonriendo felices al ver los dibujos que han realizado y él orgulloso por la historia que contó.