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lunes, 3 de septiembre de 2012

Los pasos fronterizos entre Colombia y Ecuador

Paso fronterizo entre Urbina, Ecuador, e Ipiales, Colombia.
¿Qué significa vivir en la línea de la frontera? La hermandad, el contrabando, los temores y las fiestas de algunos pueblos ubicados en la línea fronteriza.



René Noguera, presidente de la Junta Parroquial de El Carmelo, recuerda que hace veinte años llegaron a su población funcionarios de las cancillerías de Ecuador y Colombia para solucionar algunos problemas fronterizos. La primera idea que se les ocurrió fue dinamitar la carretera que comunica a esta población ecuatoriana con La Victoria, en el departamento de Nariño, para así evitar el contrabando de mercancías. “Todos nos opusimos”, cuenta Noguera, “les explicamos que eso era como si nosotros fuéramos a las oficinas de ellos en Quito o Bogotá y les cortáramos las manos para que dejaran de robar”. 

Desde aquella época, otros líderes políticos y autoridades aduaneras han propuesto bloquear esta carretera de siete kilómetros sin pavimentar, pero sus habitantes siempre les han contestado que eso significaría matarlos. Porque por ahí, todos los fines de semana, ellos transportan de un país a otro los productos que cosechan para venderlos en las pequeñas ferias de mercado. También, entre semana, por ahí van a visitar a los hijos que se enamoraron y se fueron a vivir al otro lado donde sus parejas. Y en las temporadas de fiestas, la utilizan para llevar a donde sus vecinos fronterizos las carrosas, las comparsas, las obras de teatro, los grupos de danzas, las imágenes religiosas y los equipos de fútbol con que participan y materializan lo que ellos denominan “la integración cultural”. 

Una situación similar se vive entre la parroquia ecuatoriana de Tufiño y la vereda colombiana de Chiles. Pero la carretera que une a estas dos poblaciones sirve, además, para que todos los días a las siete de la mañana más de cien campesinos colombianos crucen la frontera y vayan a trabajar a territorio ecuatoriano. “Es que en Colombia”, explica Florentino Chenás, ex dirigente del resguardo indígena de Chiles, “no tenemos trabajo; en Ecuador sí hay y pagan mejor que aquí”. Al otro lado de la frontera, Rosa Pozo, secretaria de la Tenencia Política de Tufiño, añade otra razón: “en Ecuador preferimos al trabajador colombiano porque es sacrificado, mientras que nuestra gente de aquí no necesita esforzarse: se gana la vida solo con ordeñar sus vaquitas”. 

Paso fronterizo entre El Carmelo, Ecuador, y
la Victoria, Colombia.
Por esta carretera, además de los campesinos trabajadores, también transitan cada día más de ochenta niños colombianos que estudian en territorio ecuatoriano, en la institución pública Luis Gabriel Tufiño, que tiene en total 140 alumnos. Ahí no solo les ofrecen una educación totalmente gratuita sino que también les dan sin ningún costo el desayuno, los útiles escolares y los uniformes. “Estos niños”, dice con indignación el gestor cultural Jaime Coral, “aprenden todo sobre Ecuador, nada de su país, lo que les crea un desarraigo cultural, el malestar de sentirse abandonados por su propia patria”. 

Ese abandono es más notorio aún en las poblaciones del Pacífico nariñense. Por ejemplo, en San Juan, Tallambí y Numbi, por mencionar solo algunas veredas, no hay ni siquiera vías de acceso; los pobladores, en su mayoría indígenas awás y afros, deben movilizarse durante días por trochas para llegar a alguna carretera. En cambio, al frente de cada una de estas poblaciones, en el territorio ecuatoriano, no solo existen carreteras y todos los servicios básicos, sino que además hay una aceptable infraestructura turística que les permite a sus habitantes obtener ingresos. “Los del lado colombiano estamos jodidos, lo poco que cosechamos tenimos que sacarlo es por Ecuador, acá no tenimos nada,” dice el indígena Segundo Güiz mientras camina los diez minutos que separan a su vereda, Tallambí, de la parroquia ecuatoriana de Chical, llevando al hombro dos sacos repletos de lulos. 

Emilio Paspuel también cruza la frontera todos los días, pero lo hace por una de las tantas trochas que comunica al municipio colombiano de Ipiales con el cantón ecuatoriano de Tulcán, las dos principales ciudades de la frontera. Su viaje consiste en llevar su yegua, llamada Bondad, hasta una casa en las afueras de Tulcán, donde la carga con dos cilindros de gas (diez mil pesos) que luego lleva a revender en las afueras de Ipiales (treinta mil pesos) para ganarse así el pan de cada día (veinte mil pesos). “A veces escasea el gas”, cuenta Paspuel, “entonces toca echarle otra carga a la Bondad: azúcar, arroz, jabón, lo que sea sirve porque en Ecuador todo es más barato que en Colombia”. 

Paso fronterizo conocido como Cuatro
Esquinas, entre Tulcán, Ecuador, e
Ipiales, Colombia. 
Luis Rosero Bilbao lleva más de 28 años viendo pasar todos los días por estas trochas a Emilio Paspuel y a otros centenares de contrabandistas. Él ha trabajado todos esos años como operario de la planta La Playa, que surte de energía eléctrica a Tulcán y queda ubicada sobre la línea fronteriza, en un sector conocido como Cuatro Esquinas. “Es impresionante la cantidad de gas que se llevan”, dice, “yo no estoy de acuerdo porque el subsidio que tiene ese combustible lo pagamos los ecuatorianos, y debe ser para nosotros, no para los colombianos”. 

Es por esa razón que las autoridades aduaneras de Ecuador han bloqueado con enormes zanjas algunos caminos que en este sector comunican la frontera. “Lamentablemente los contrabandistas son tan audaces que, en algunos casos valiéndose de las autoridades autóctonas, desbloquean o abren nuevos caminos, aduciendo que es un paso para el sostenimiento alimenticio”, dice Ramiro Urresta, director del Servicio Nacional de Aduanas del Ecuador, distrito Tulcán. El teniente Eder Siachoque, de la Policía Fiscal y Aduanera de Colombia, en Ipiales, también considera que estos bloqueos “ayudan mucho para acabar con esa cultura del contrabando que existe por ahí”. 

Por el contrario, Jaime Coral se opone rotundamente a estos bloqueos, ya que, asegura, son ordenados desde Quito o Bogotá sin tener en cuenta la realidad histórica de la frontera. “Nuestros pueblos”, explica, “desde la época en que éramos una sola nación conocida como Los Pastos, han transitado libremente por estos caminos trayendo y llevando mercancía, sin que nunca se les tachara de contrabandistas”. De hecho, a pesar de las restricciones que existen en esta zona de frontera entre Ipiales y Tulcán, los habitantes de ambos países, al igual que sucede entre las poblaciones de La Victoria y El Carmelo o de Chiles y Tufiño, poseen un espacio de “integración cultural” donde los caminos se tornan fundamentales. Se trata de una fiesta conocida como el Carnaval, que es organizada cada 28 de diciembre por los del lado colombiano y antes del miércoles de ceniza por los del lado ecuatoriano, pero que consiste en que los habitantes de ambos lados se reúnen a orillas del río Carchi, que marca la frontera en este sitio, para echarse agua mientras escuchan algunas orquestas y disfrutan de las comidas típicas. 
Paso fronterizo entre Tufiño, Ecuador, y
Chiles, Colombia.

Para todas las personas que habitan a las orillas de la frontera colombo ecuatoriana, las trochas y las carreteras que unen a ambos países, más allá de ser pasos por donde circula el contrabando, son un vínculo que permite el desarrollo económico, social y cultural. “Las autoridades de ambos países”, dice René Noguera, “deberían dejar de pensar en destruir estos caminos y más bien deberían ponerse a abrir nuevos caminos o asfaltar los que ya están hechos, porque entre las personas que vivimos a uno y otro lado de la frontera no hay diferencias: somos los mismos hijitos de Dios”.

Este texto fue publicado en El Espectador. 





martes, 27 de marzo de 2012

Parte III y Fin: La agonía del páramo

  En los últimos tiempos muchos campesinos han asumido un proceso de recuperación del páramo. Pero, a pesar de esto, los ríos siguen disminuyendo su caudal y más animales y plantas están en peligro de extinción. La razón: el calentamiento global y las malas prácticas agrícolas de muchos otros campesinos que aún no comprenden la importancia del páramo.

Gildardo Valenzuela fue el primero en dar el paso. Después de ser capacitado por la Corporación Autónoma Regional de Nariño (Corponariño) sembró diferentes tipos de plantas como habas, coles, lechugas, acelgas, remolachas, nabos, zanahorias y cebollas. De igual manera, Arturo Quillismal, por medio de un proyecto de la Fundación Altrópico, decidió acompañar sus cultivos de papa con mellocos, quinua y chochos. “Esta diversificación mermó la expansión de la frontera agrícola y le garantizó al campesino una forma de subsistencia, pues ya no sólo siembra para el comercio sino también para su alimentación”, explicó Oscar Falconí, de la Fundación Altrópico. 

Humberto Cuaical también fue capacitado. Pero no implementó su shagra sino que siguió subsistiendo únicamente del azufre que bajaba del nevado del Cumbal. 

Entre tanto, Gildardo Valenzuela y Arturo Quillismal, así como todos los que tenían shagras, dejaron de usar insecticidas y empezaron a fumigar sus plantaciones con yerbas que no alteraban el ecosistema. También convirtieron las heces de los animales que criaban (conejos, cuyes, cerdos y gallinas) en abonos, incluso Gildardo Valenzuela construyó un biodigestor que le permite cocinar sus alimentos con el gas que liberan las heces de sus cerdos en vez de hacerlo con la leña de los árboles. 

Además de estos cambios individuales, muchas comunidades se unieron para desarrollar procesos colectivos. Fue así como los campesinos de la Comuna La Esperanza lanzaron a los riachuelos diez mil alevines. Luego, respaldados por el municipio de Tulcán, sembraron en el 2007 más de 40 mil árboles nativos como el arrayan, pumamaque, cedro, polylepis y capote. Además, delimitaron la frontera agrícola en los tres mil 500 msnm, y prohibieron sembrar de ahí hacia arriba. 

En el lado colombiano del páramo sucedió lo mismo. Corponariño construyó un vivero para entregarles a los campesinos árboles nativos como el cuaza y el acacio, que nutren los suelos, contribuyen a la recuperación de los riachuelos y sirven de alimento a muchos animales. Otras entidades como la Sociedad de Agricultores y Ganaderos de Nariño (SAGAN) y el municipio de Cumbal, entregaron incentivos a mil 120 ganaderos para que produzcan más leche en menos territorio. “El objetivo es brindarle a los campesinos alternativas que fortalezcan su economía y mejoren el medio ambiente”, manifestó Álvaro Valenzuela, del municipio de Cumbal. 

Gildardo Valenzuela y Arturo Quillismal, así como las entidades ambientales, saben que sus esfuerzos y los de sus comunidades no son suficientes para que el páramo recobre la vitalidad. Una prueba es que el Río Blanco disminuyó su caudal en un 30 por ciento en los últimos 15 años, mientras que otras fuentes bajaron más de un 40 por ciento en el mismo lapso de tiempo, según Corponariño. Otra prueba es que el Río Chico, en el lado ecuatoriano del páramo, presenta cada verano una disminución en su caudal de entre 40 y 50 por ciento, según el municipio de Tulcán. Así mismo, plantas como el bejuquillo y la espeletia, y animales como los escarabajos coprófagos, ingresaron a la lista de especies en peligro de extinción, según un estudio de la Universidad de Nariño. 

Esto se debe a que aún muchas personas se aferran a las malas prácticas agrícolas. Por ejemplo, hace unos meses, cuando las bajas ventas de azufre lo obligaron a dedicarse a la agricultura, Humberto Cuaical taló una hectárea del páramo para sembrar papa. De hecho, basta caminar por el lado colombiano del páramo para presenciar cómo cada día son arrancados los frailejones, quemados los pajonales y talados los bosques de la parte baja. También se puede evidenciar cómo otras personas acaban con los re poblamientos de truchas al pescarlas con cloro o barbasco. Y lo peor de todo es que tanto en el lado ecuatoriano como en el colombiano se presentan eventualmente incendios por fogatas que quedan encendidas. 

Pero los efectos del calentamiento global también le impiden al páramo recobrar su vitalidad. Nadie sabe con exactitud qué tanto ha avanzado el derretimiento de las nieves del Cumbal y del Chiles porque no existe un equipo de monitoreo, pero Álvaro Bolaños, de Corponariño, calcula que probablemente en diez años el Cumbal estará sin nieve: “Esto significa que desaparecerán las fuentes hídricas que surten a Ipiales y sus poblaciones rurales”. Las proyecciones de Mauricio Isacas, del municipio de Tulcán, también son preocupantes: “Si el Chiles se queda sin nieve durante todo el año, disminuirán las fuentes de agua para consumo, habrán dificultades para la producción agrícola y serios problemas para el ecosistema”. 

Para este ingeniero, la solución a este problema no la tienen las entidades ambientales ni los pobladores del páramo: “Hemos asumido el compromiso de descontaminar, de reforestar, de concienciar a la gente, pero muy poco han hecho los países responsables del calentamiento global”. Por su parte, el antropólogo Álvaro Bolaños tiene una opinión muy diferente: “Estamos a tiempo, se necesita sobre todo el fortalecimiento de la cultura indígena, porque sus ancestros eran los que más conservaban el medio ambiente”. Gildardo Valenzuela y Arturo Quillismal también confían en que es posible que el páramo vuelva a ser el de antes. El sueño que tienen ahora a sus 60 años es algún día despertar a sus nietos en la madrugada para enseñarles cómo defenderse en la vida, bien sea cazando venados o criando ganado, pero, eso sí, advirtiéndoles que no se debe extinguir la naturaleza. Lo único que se necesita, según ellos, es que todas las personas que actúan como Humberto Cuaical también empiecen a soñar.

jueves, 15 de marzo de 2012

PARTE II: La agonía del páramo

En el páramo, la extinción de varias especies animales provocó la proliferación de insectos, así como la extracción de hielo dejó a la mayoría de riachuelos sin su principal fuente de abastecimiento. Una crónica que escribí para relatar las consecuencias de la devastación.  



Durante varios meses, Gildardo Valenzuela estuvo lanzando todas las tardes su anzuelo en los riachuelos, hasta que empezó a disminuir la cantidad de truchas que pescaba. Por su parte, Arturo Quillismal tampoco tuvo suerte con sus cultivos. A veces, las heladas quemaban las plantas, mientras que otras veces los insectos deterioraban la calidad de la papa. Lo mismo le pasó a Humberto Cuiacal, quien, a diferencia de lo que sucedía con el hielo, no encontraba muchas personas que le compraran el azufre.

Gildardo Valenzuela sabía que las truchas estaban desapareciendo porque muchos pescadores utilizaban barbasco, un veneno poderoso que las mataba a todas sin importar su tamaño. Lo que ignoraba era por qué el caudal de los riachuelos disminuía, al punto de que ya algunos, como el Aguacolorada, se habían secado. Arturo Quillismal tampoco entendía por qué ahora proliferaban tantos insectos y el clima presentaba cambios repentinos y extremos. De igual manera Humberto Cuaical no podía explicarse dónde estaban las ranas y lagartijas que en su infancia saltaban a cada paso que él daba mientras caminaba por los pajonales con su padre. 

Las respuestas estaban, por un lado, en sus anteriores trabajos. Los tres, al igual que los más de cinco mil habitantes del páramo, habían alterado el ecosistema. Gildardo Valenzuela, así como lo hizo su padre y su abuelo, rompió el equilibrio al provocar con su oficio de cazador la extinción de los venados. Arturo Quillismal y los demás integrantes de su comunidad, al quemar los pajonales, destruyeron los humedales y el hábitat de los conejos, las lagartijas, las ranas y otros animales que se encargaban de controlar la proliferación de insectos. Y Humberto Cuaical y los demás hieleros habían acabado con los glaciales del nevado del Cumbal, una de las principales fuentes de abastecimiento de los riachuelos. 

Pero, por otra parte, la explicación para la agonía que estaba sufriendo el páramo también se encontraba en el calentamiento global. Era tan notorio el cambio de clima que ya ninguno de los tres vivía en casas como las de sus infancias, con paredes de barro que medían más de un metro de grueso, porque ahora para aislar el frío bastaba con el ladrillo común. Ese aumento de la temperatura empezó a derretir las nieves que cubrían las cumbres del cerro del Chiles en invierno y del nevado del Cumbal durante todo el año, nieves que eran otra de las principales fuentes de abastecimiento de los riachuelos 

Con el pasar de los años el páramo dejó de agonizar y empezó a morir. Más riachuelos se secaron, las truchas se sumaron a la lista de los animales extinguidos y varias especies de plantas desaparecieron por la masificación del uso de insecticidas. De modo que mientras Gildardo Valenzuela se vio obligado a abandonar la pesca, Arturo Quillismal y los demás cultivadores lograron vencer a los insectos que devoraban sus papas, aunque esto conllevó un significativo aumento en el precio del producto. Ahora bien, la forma en que muchos de ellos combatían las heladas era encendiendo enormes fogatas en los alrededores de sus cultivos, algunas veces con llantas, lo que sólo contribuyó a empeorar el estado del páramo. 

Gildardo Valenzuela no pudo encontrar un nuevo trabajo que le permitiera experimentar la lucha del hombre contra el animal, porque ya no había nada qué cazar ni pescar. Durante algunos meses se dedicó a bajar azufre del nevado del Cumbal, pero pronto comprendió que a sus 45 años ese trabajo le exigía más fuerzas de las que tenía. Entonces no le quedó otra alternativa que empezar a arar la tierra para sembrar papas e instalar corrales para la cría de cerdos. Además plantó cerca un bosque de eucaliptos para venderlo en unos años como leña. Era algo que acostumbraban a hacer muchos campesinos previendo una ganancia extra en un futuro cercano. Pero lo que conseguían en realidad con estos árboles era acabar con la humedad y los nutrientes de los suelos. 

Hasta ese momento, en la década de los noventa, las entidades públicas no se habían preocupado seriamente por capacitar a los campesinos para que sus prácticas agrícolas no destruyeran la naturaleza. Era tal el desconocimiento que nadie en el páramo alcanzaba a imaginar la magnitud de lo que estaba ocurriendo. Muchos, como Humberto Cuaical, consideraban que gracias a todo el hielo extraído ya no hacía tanto frío y se disfrutaba de un ambiente más abrigado. Por el contrario, otras personas, entre ellas Gildardo Valenzuela, temían erróneamente que el cerro del Chiles y el nevado del Cumbal hicieran erupción porque las nieves que se derretían en sus cumbres eran las encargadas de enfriar el calor que tenían por dentro, un calor que se hacía evidente con las aguas termales que brotaban en varias partes del páramo. Y había otros como Arturo Quillismal que creían que los venados, las truchas, las lagartijas, los conejos y las ranas no se extinguieron, sino que simplemente se trasladaron a otra parte del páramo. 

Lo cierto es que la deforestación provocada por tantos años de ganadería, la cacería, la pesca indiscriminada, la extracción de bloques de hielo, el calentamiento global y las malas prácticas agrícolas, entre otras cosas, hicieron que el páramo prácticamente perdiera sus últimos restos de vida. Tan solo quedaron algunos sectores amplios sembrados con frailejones y tapizados con pajonales que servían de hábitat a muy pocos animales. Los riachuelos que lograron sobrevivir permanecían durante gran parte del año con un cauce muy bajo, hasta que de repente caía un aguacero y se desbordaban provocando inundaciones. Aquel páramo que Gildardo Valenzuela, Arturo Quillismal y Humberto Cuaical conocieron en sus infancias, donde sus padres les enseñaron cómo defenderse en la vida, no lo pudieron disfrutar sus hijos. Sin embargo, no todo estaba perdido. El nuevo siglo trajo consigo un profundo interés tanto de los gobiernos de ambos países como de muchos campesinos por tratar de resucitar el páramo.

miércoles, 7 de marzo de 2012

PARTE I: La agonía del páramo

La cacería, la ganadería y la extracción de hielo acabaron con la vitalidad del páramo ubicado alrededor del Chiles y del Cumbal, en Nariño y Carchi. Una crónica que escribí para relatar esa devastación.

  

A los tres les sucedió lo mismo en sus infancias. Una madrugada cualquiera, a inicios de la década de los sesenta, fueron despertados por sus padres, quienes les ordenaron que se vistieran con la ropa más abrigada y con las botas de caucho porque desde ese día empezarían a aprender cómo defenderse en la vida.

Los tres vivían en el mismo páramo que bordea el cerro del Chiles, en Carchi, Ecuador, y el nevado del Cumbal, en Nariño, Colombia. Sus casas eran idénticas: techo de paja y paredes de barro que medían más de un metro de grueso para aislar el intenso frío. Sin embargo, el aprendizaje que empezaron a obtener a partir de esa madrugada les trazó caminos muy diferentes que después de muchos años coincidieron en un mismo punto.

El aprendizaje heredado
De los tres, Humberto Cuaical fue el único que salió molesto de su casa. Pensó, al ver a su padre con el hacha y el machete, que simplemente lo había hecho madrugar para lo mismo de todas las tardes: bajar al bosque a cortar los árboles que su madre utilizaba como leña en la cocina. Los otros dos, en cambio, salieron emocionados. Arturo Quillismal iba a montar por primera vez en caballo, mientras que Gildardo Valenzuela nunca antes había caminado con todos sus perros.

La rabia de Humberto Cuaical desapareció cuando notó que no bajaban al bosque, sino que caminaban hacia la parte alta del páramo, donde no había árboles qué cortar. Pero a los pocos minutos volvió a enojarse porque su padre se detuvo y lo regañó para que dejara en paz a las ranas y lagartijas que saltaban a cada paso que ellos daban. Ahí le mostró cómo debía cortar con el machete los pajonales más altos y las hojas más grandes de los frailejones, para luego amarrarlo todo en un solo paquete y seguir caminando. Por su parte, la primera enseñanza que recibió Arturo Quillismal fue muy similar. Su padre le dijo que debía localizar, sin bajarse del caballo, los pajonales más amarillentos, es decir, los más antiguos. Por el contrario, a Gildardo Valenzuela su padre le advirtió que el primer paso era no fijarse en ningún aspecto de los alrededores, sólo seguir el camino que tomaran los perros.

Ninguno de los tres sabía lo que le esperaba, pero todos quedaron maravillados cuando sucedió lo imprevisto. Humberto Cuaical recuerda que, después de dos horas de caminata por una trocha cada vez más empinada, llegaron a lo que él definió como “El infierno blanco”, un sitio sin vegetación, cubierto por piedras filosas, donde el viento soplaba cargado de granizo, con una fuerza capaz de elevarlos hasta el cielo. Arturo Quillismal también pensó que se encontraba en el infierno cuando su padre bajó del caballo y le prendió candela a los pajonales amarillentos, y las llamas empezaron a devorar toda la vegetación del páramo, y los conejos salían en estampida para salvarse. El único que pensó que estaba en el cielo fue Gildardo Valenzuela. La emoción que experimentó cuando los perros empezaron a perseguir un venado fue tan intensa que, solo años después, pudo describirla comparándola con un orgasmo.

Lo que Humberto Cuaical definió como “El infierno blanco” era en realidad las faldas del nevado del Cumbal. Ahí, su padre lo guió a un sitio donde removieron el granizo y unas cuantas piedras filosas hasta que saltó a la vista un enorme bloque de hielo. Luego, luchando contra el viento, cortaron con el hacha tres pedazos cuadrados de hielo, de 50 kilos cada uno, los cuales cubrieron con la paja y las hojas de frailejón que llevaban para evitar así que se derritieran. Antes del medio día ya habían retornado a su casa, el hijo llevando el machete y el hacha, el padre cargando a la espalda los tres bloques de hielo cuyo viaje terminaría al otro día en las plazas de mercado de las poblaciones de la frontera colombo ecuatoriana, donde lo convertirían en una bebida de poderes curativos llamada cumbalazo.

El día para Arturo Quillismal no terminó con la quema de los pajonales. Su padre de inmediato cabalgó hasta otro sector del páramo donde días atrás el fuego había devorado todo. Ahí le mostró cómo la paja empezaba a retoñar verde y tierna, lista para que el ganado que tenían se alimentara de la mejor manera. Así mismo, después de que los perros mataron al venado, el padre de Gildardo Valenzuela le enseñó cómo debía desollarlo para que la piel saliera entera y la pudieran vender a un buen precio.

Cuando los tres dejaron de ser unos niños y se convirtieron en jóvenes no había quien los igualara en sus trabajos. Humberto Cuaical era, entre los más de cien hieleros que subían por lo menos tres veces a la semana al nevado del Cumbal, el único con la fuerza suficiente para bajar cuatro bloques de hielo, es decir, 200 kilos. Arturo Quillismal era el mejor jinete de todos los ganaderos que habitaban el páramo, el que mejor sabía dominar el caballo al momento de arriar las reces hacia los pajonales que previamente había quemado. Y Gildardo Valenzuela era el cazador con los perros más veloces y resistentes, capaces de matar hasta dos venados en una sola salida. Sin embargo, con el pasar de los años los tres empezaron a notar que algo había cambiado en el ambiente desde aquella época en que sus padres los despertaron en la madrugada para enseñarles cómo defenderse en la vida.

El hielo ya se había acabado en aquel sitio donde Humberto Cuaical lo vio por primera vez. Ahora debía subir una hora más y cavar por lo menos dos metros de profundidad para encontrarlo. No obstante, el trabajo era más sencillo: los vientos ya no soplaban con la misma fuerza, el frío había disminuido y ya no caía granizo. En cambio, para Arturo Quillismal y Gildardo Valenzuela el trabajo era cada vez más complicado. El primero de ellos empezó a notar que muchas veces, después de las quemas, los pajonales no volvían a retoñar, sólo quedaban las cenizas muertas. El segundo se dio cuenta de que en cada cacería debía caminar muchos más kilómetros para que sus perros alcanzaran a olfatear un venado. Los tres sospechaban que quizás pronto llegaría el día en que todo se acabaría. Pero aún no era el momento de detenerse.

Humberto Cuaical organizó mingas con todos los hieleros para ubicar en la cima del nevado del Cumbal los últimos yacimientos de hielo, que estaban a más de cuatro metros de profundidad. Arturo Quillismal, así como los demás ganaderos, encontraron nuevos territorios del páramo donde la paja amarillenta retoñaba verde y tierna después del fuego. Y Gildardo Valenzuela se dedicó a guiar a los turistas que, armados con rifles, llegaban desde el interior de Colombia y Ecuador para matar a los últimos venados que habían logrado refugiarse en los lugares más recónditos del páramo. De hecho, el primero de los tres en quedarse sin trabajo fue él. Una tarde de 1980, después de caminar infructuosamente durante una semana por el páramo, guiando a un grupo de turistas y acompañado por sus mejores perros, regresó a su casa con la convicción de que no volvería a salir de cacería porque los venados ya se habían extinguido.

El segundo turno le correspondió a Arturo Quillismal. A mediados de los años ochenta abandonó su trabajo porque los suelos del páramo dejaron de producir buena yerba para el ganado. La decisión la tomó junto con los demás ganaderos de su zona, agrupados bajo una organización denominada Comuna La Esperanza, en Tufiño, parroquia de Tulcán, Ecuador. El tercer turno le correspondió a Humberto Cuaical, quien hace cuatro años extrajo los últimos bloques de hielo que quedaban en la parte más alta e inaccesible del nevado del Cumbal.

Sus vidas, que empezaron con un aprendizaje heredado de manera similar, habían transcurrido por diferentes caminos hasta que retornaron a un mismo punto: los tres debían aprender de nuevo cómo defenderse en la vida. Gildardo Valenzuela, para seguir experimentando la emoción primitiva que sentía cada vez que atrapaba un animal, decidió dedicarse a la pesca. Arturo Quillismal empezó a sembrar papas en las afueras del páramo. Y Humberto Cuaical, aprovechando su experiencia, empezó a bajar rocas de azufre del nevado del Cumbal. Sin embargo, esta vez para los tres sería muy difícil defenderse en la vida. Tendrían que pagar las consecuencias de la agonía que estaba padeciendo el páramo.

(EN LOS PRÓXIMOS DÍAS LA SEGUNDA Y LA TERCERA PARTE DE ESTA CRÓNICA)